
Como psicólogo general sanitario y profesor universitario, mi labor profesional se desarrolla en un equilibrio entre el rigor de la investigación aplicada y la cercanía de la práctica terapéutica. En el CES Cardenal Cisneros imparto las asignaturas de Psicología de la Personalidad e Intervención y Tratamiento Psicológico. Esta doble perspectiva me permite integrar el conocimiento científico con la complejidad real de la experiencia humana, formando a futuros profesionales bajo una premisa clara: la técnica es esencial, pero la sensibilidad ética y relacional es el verdadero corazón del cambio clínico.
Mi trayectoria se ha consolidado a lo largo de más de 14 años de experiencia en la práctica directa, trabajando con personas que atraviesan situaciones complicadas. Trabajo desde un enfoque integrador que combina la base de las terapias contextuales, el humanismo y los modelos contemporáneos de trauma. Mi marco conceptual entiende el malestar no como un déficit individual o un síntoma aislado, sino como una respuesta funcional a contextos vitales que han desbordado los recursos de la persona. El objetivo en consulta es comprender cómo esa historia personal ha dado forma al presente, para así abrir nuevas vías de regulación y bienestar.
Estoy especializado en el abordaje del trauma relacional, las heridas de abandono, la ansiedad y la dependencia emocional. Utilizo herramientas como el EMDR para trabajar en la integración de aquellas experiencias que han quedado fragmentadas por la historia biográfica. Además, mi vinculación con la Universidad UNIE, donde imparto la asignatura de Evaluación, Diagnóstico e Intervención en Psicología de la Salud: Infancia y Adolescencia en el Máster General Sanitario, me ha permitido profundizar en la importancia del vínculo temprano y el desarrollo evolutivo, elementos clave para entender las dificultades que arrastramos hasta la vida adulta.
Concibo la psicoterapia como un proceso de comprensión, integración y reorganización interna sostenido sobre una relación terapéutica segura y estructurada.
No se trata simplemente de eliminar síntomas, sino de ampliar la capacidad de la persona para comprender su propia experiencia y regular su mundo emocional de manera autónoma. Cada proceso terapéutico se desarrolla al ritmo singular de quien lo transita, desde un respeto profundo por su biografía y su modo particular de estar en el mundo, proporcionando el espacio necesario para que lo que fue doloroso pueda ser integrado en una narrativa vital más saludable y plena.